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Cuando el médico se convierte en paciente

Junio 14, 2021 228Veces visto


Me jubilé como médico de atención primaria hace año y medio. En este tiempo se han dado dos circunstancias que me han hecho acomodar mis reflexiones. En primer lugar, asistir a la terrible pandemia por el coronavirus que estamos padeciendo con sus consecuencias, tanto en lo personal como en lo colectivo.

También he tenido que recurrir al sistema sanitario en busca de ayuda. Es frecuente oír que cuando una persona se jubila le empiezan a suceder cosas poco agradables con la salud. Lo que yo creo es que lo que condiciona la aparición de esas ‘cosas’ es la edad que tenemos al jubilarnos.

Al otro lado de la consulta

Los ratos en las salas de espera, la angustia que acompaña a la incertidumbre sobre lo desconocido, la relación con mis colegas sanitarios desde el otro lado de la mesa de la consulta o la posición en la camilla; todo esto me ha puesto enfrente de una reflexión: la forma de ver el sistema, la atención, la relación interpersonal desde el punto de vista del paciente.

Las horas y días aguardando noticias me han dado la oportunidad para pensar en todas estas cosas y sentir la angustia creciendo ante la posibilidad de que todo el proceso acabara de forma terrible o, en el mejor de los casos, dura. La incertidumbre y la angustia deseaban la rápida aparición del bálsamo de la relación y la palabra de la doctora o del enfermero. Pero, cuando llegaba el momento, no había espacio para transmitir mi preocupación y recibir consuelo o información. He echado mucho de menos tiempo para hablar y escuchar.

Yo conozco el sistema e, inmediatamente, me reprochaba: pero no te das cuenta de que hay mucho trabajo, que el coronavirus lo ha puesto todo patas arriba, que los recursos son finitos, que no dan abasto…

Claro que sí. Pero no me dejaba tranquilo esta explicación. Por eso mi reflexión ante la experiencia personal en estos meses me dirigió hacia cómo podemos mejorar como organización y como profesionales. 

Dueños del sistema sanitario

Siempre he pensado que los sistemas públicos de provisión de servicios esenciales a los ciudadanos (sanidad, educación, justicia, pensiones…) son la columna vertebral del estado de bienestar al que aspiran todas las democracias del mundo.

Al margen de la gestión de las listas de espera, de la organización de las consultas, de la delicada distribución de recursos. Al margen de todo, me gustaría disponer de un servicio sanitario público ‘de calidad’ tanto en lo técnico como en el de la dignidad, la comodidad y la confortabilidad.

Aunque solo sea por una razón que, en muchas ocasiones se nos olvida:  Somos los usuarios, los pacientes, los ciudadanos, los dueños del sistema, porque todo ese complejo entramado se financia con los impuestos. Los dueños no son los políticos, los consejeros, los gerentes ni tan siquiera los profesionales. Somos los contribuyentes.

Otra vez me recriminaba a mí mismo pensando la de veces que me ha molestado la frase en boca de los pacientes de que ‘para eso pago’. Aunque sigo sin compartir esa forma de ver las cosas, empiezo a entender lo que hay detrás de ese modo de simplificar algo que es más complejo.

El reparto de recursos limitados

Es esa condición de dueño y pagador la que me gustaría que los administradores temporales de nuestros impuestos asumieran. Yo creo que los servicios públicos de calidad no son baratos. Y me gustaría que todos los ciudadanos comprendieran que el dinero que dispone el presupuesto es siempre limitado. 

Pero me parece esencial que las personas que han de decidir esa asignación de los recursos, entiendan que estos servicios son tan decisivos y queridos por la sociedad que:

¿Merece la pena que los profesionales tengan tiempo (tal vez el recurso más querido por todos) para hablar con los pacientes, para disminuir las demoras en las consultas, para planificar su esperanza.  El tiempo que se precisa solo se puede comprar aumentando su número para que puedan dedicarse a eso.

¿Es necesario que los medios tecnológicos sirvan para esos fines. Hemos visto durante la pandemia aparecer procedimientos en la organización de la atención que durante décadas parecían imposibles (el teletrabajo, la consulta telemática con pacientes y otros niveles asistenciales). Todavía recordamos el tiempo en el que era sabido que “los mejores aparatos estaban en la Seguridad Social”. Hoy no siempre es así. Pero los ordenadores, las cámaras de vídeo, la robótica, nunca deberían sustituir la mirada y a la palabra que da consuelo y esperanza.

¿Me parece importante que los centros de salud y hospitales no solo deben estar capacitados para atendernos con dignidad sino, también, con comodidad. Sin lujos pero con habitaciones individuales cuando se precise, con consultas dignas de ese nombre, con sillas abundantes y confortables.

Usando una frase popular y salvando todas las distancias necesarias: “Por lo que valga”.

ESTEBAN GRANERO FERNÁNDEZ

Médico de familia jubilado 

Ex director gerente de la Gerencia de Atención Primaria de Cartagena

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